Podría ser el atardecer
el fruto perenne
de mi escasa cosecha.
Qué he de hacer yo
si la imaginación
o mi persona
dicen que no,
y las cerezas podridas
rebosan la cesta.
Cuatro años
que no sé qué ofrecen,
si mi cielo
se estría aún en arrebol.
Excepcionalmente
intuimos un amanecer,
bajo hierros,
con un rostro apartado.
El recuerdo arañaba
tu puerta, y se disolvía
en doble líquido.
Puedo entrenarme más
con la perpetua retentiva,
aunque no diga nada,
nada tiene tu alquimia
que convierte en perfume
mi reflejo de sal.
Y me hace neroniana
verbalizando el papel.
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